Sketchbook 004

Este verano es el verano más verano de todos los veranos que he tenido.

He llegado a encontrar cierta inocencia en este centenar de días, y a su vez, un crecimiento personal y espiritual que ha impregnado hasta mis entrañas. A lo largo de la vida, transitamos por experiencias cotidianas, y de vez en cuando trascendentales. Sin embargo, se ha establecido una aceptación social ante la búsqueda de la relevancia. No solamente alrededor del ego, si no también en el énfasis de vivencias en las que uno entra en un limbo diminuto, termina saliendo renovadx y con una nueva filosofía de vida. Considero sobrevalorado el pensar que esta es la única manera de crecer y (auto)cosecharte.

Entiendo y acepto a quienes piensan que con químicos ajenos se puede tener un despertar de conciencia, sin embargo, a pesar de ser una persona ansiosa, he llegado a disfrutar los procesos lentos. Dentro de esta lentitud, que incluso podemos pensar que es una quietud, está la cotidianidad, elemento que he llegado a apreciar increíblemente en estos últimos días.

Somos cúmulo. De tiempo narrado y artificialmente construido. De cotidianidad más que de trascendencia. Somos tierra y nos fundimos en ella. Este verano aprendí a sentarme a no hacer nada. A despertar y bajar a tomar mi café parada en el jardín de mi casa descalza mientras veía a los pájaros parados en las tejas tomando el sol. A acostarme en mi cama y escuchar un buen álbum con los ojos cerrados. A andar en bici sola los domingos por la mañana. A quedarme por minutos viendo el rocío de las plantas de mi jardín e inspirarme a escribir un poema sobre ello. A salir con mis amigos sin plan anticipado solo porque queríamos vernos. A vivir un verano apreciando la cotidianidad.

Una frase que se me quedó muy grabada de una pieza de la artista Alejandra Muñoz "Nadie ha visto un árbol crecer".

En estas páginas encontrarán registro de mis pensamientos, bocetos, referencias e ideas de cómo creció mi árbol este verano. 

- V.