El almacén de Aporo

Más que otro cuadro más a mi portafolio, diría que estoy cerrando un capítulo de mi vida, terminando (o creo yo) un duelo. La idea de esta pieza me llegó el 7 de mayo de 2021, el día que falleció mi abuelo.

Esta fue la primera vez que presenciaba la muerte cerca de mí. Mi abuelo fue quien me inculcó el gusto por la lectura, ir al bosque de Los Colomos a identificar los árboles y comer hojas de eucalipto, caminar al Museo de Arte de Zapopan y tener mis primeros acercamientos al arte contemporáneo. Fue doloroso darme cuenta de la proporción indirecta existente entre ambos, con cada anhelo que desarrollaba conociendo la vida, el perdía uno estando más cerca de la muerte.

Todos los días resolvía el crucigrama completo y cuando le faltaba una palabra esperaba con ansias el periódico del día siguiente para ver la respuesta y decirme que en efecto sí se la sabía. Me enseñó a tomar café 3 veces al día y entre tazas me explicó sinfín de veces por qué era ateo y cómo no tenemos que creer todo lo que nos enseñaron. 

Le gustaba tomar baños de sol en su patio porque creía que el sol era su dios. Que sin los rayos no habría vida y no estaría aquí hoy escribiendo en un blog. Siempre me decía que preferiría que aventaran sus cenizas al mar, al bosque o a la basura, lo que sea menos estar encerrado en una urna en la iglesia. No le gustaba sentirse enclaustrado.

Murió hace un año y todavía no encontramos dónde soltarlo. Llevamos cargando su vasija porque no tenemos respuesta de qué hacer con sus cenizas.

Fue una madrugada de mayo en la que desperté y recibí la noticia. La luna todavía estaba en el cielo, pero sentí como ya no podía abrir los brazos y recibir un abrazo solar de la misma manera. 

Mi abuelo no alcanzó a ver lo que logré en mi carrera artística este año, justo cuando sentí que empecé a tomarla de lleno y rendir algunos frutos. Sin embargo hay noches en las que pienso que él me ha ayudado a hacerlo posible. Me observa de este a poniente iluminando la tierra y mi cápsula corporal. Espero verlo yo a él en el otro sol.

 
A partir de esta vivencia empecé a reflexionar en cómo a partir del cuerpo físico se define nuestra posición en el mundo y así nuestra percepción (altamente recomiendo leer Fenomenología de la Percepción de Merleau-Ponty). 

La posición del mundo inicial en la que nos encontramos al nacer se ha vuelto un canon de identificación. "De dónde somos".  Mi abuelo nacido en Aporo, del chichimeca <<hapur>> lugar de cenizas, en Michoacán, nunca volvió a poner sus pies en esa tierra posterior a su nacimiento. El verdadero lugar se define por el bagaje sociocultural que lo conforma. 

Hay una fractal entre lo que alberga y lo que es albergado. Lo orgánico se encuentra dentro de la Tierra, y a su vez, nosotros vamos recibiendo en nuestro interior estímulos del mismo, experiencias y memorias socioculturales dentro de un paradigma histórico. Somos almácen. Sin embargo, ¿un recipiente vacío se considera ya como humano? ¿Qué tiene mayor valor, la capacidad de resguardar o qué tanto ya resguardamos? 

Este cuestionamiento lo hago pensando que vivimos siendo almacén. Sin embargo, al morir el cuerpo físico, que en vida fue el contenedor, ahora se ha vuelto el contenido. Ya sea incinerado dentro de la urna, o enterrado dentro del ataúd.

De cierto modo ese contenido en el que nos volvemos muestra una interpolaridad. En el momento en que se conceptualiza un objeto, se define su opuesto. El todo es la ausencia de la nada. Las cenizas se vuelven el anti-vestigio, lo que no somos ya. El recuerdo ahora es el contenido que prevalece, el anti-vestigio del sujeto, la nueva identidad.

 
El almacén de Aporo fue realizado en un periodo de 5 meses, con 132 horas de pintura y 15 de bordado. La obra y la descripción la pueden encontrar aquí :-)

Gracias por leer y ser parte de mi almacén.